Salchichón

Hace 14 años que fue el 59 cumpleaños de mi padre. Recuerdo que le regalamos entre todos los hermanos un ordenador bastante cutre que apenas llegó a tocar. Quisimos reemplazarlo por el suyo, que llevaba ya estropeado unos años y, aún así, seguía siendo su mejor compañía. Lo cual no decía mucho de nosotros. Y tampoco de él. Ese día también recuerdo le hice un bocadillito de un salchichón muy rico que habíamos comprado unos días antes en una de las pequeñas peregrinaciones que mi hermana y yo hacíamos al súper desde que mi padre volvió a casa del hospital. Los médicos nos habían dicho que le quedaban solo unos días de vida. Él sabía que se iba a morir. Todos sabíamos que se iba a morir. Pero estábamos allí de vuelta en casa de mis padres, durmiendo en la cama en la que habían habitado nuestras adolescencias y yo me iba a la cama a escuchar los gritos de dolor de mi padre con la foto de la cara de una amiga con la que ya no me hablaba clavándome la mirada. Era una foto preciosa. Las dos de festival, con un olor bastante cercano a la putrefacción, looks imposibles y abrazadas como si nunca nada malo nos fuera a pasar. Mi padre apenas se movía ya de la cama y lo de comer era cercano a lo milagroso. Me puse tan nerviosa cuando me lo pidió, que aunque parece dificilísimo hacer un mal bocadillo de salchichón, el mío fue probablemente el peor bocata de salchichón de la historia. Cortes irregulares enormes, (también en el dedo índice de mi mano izquierda), pan mojado por haberlo apoyado donde me había lavado las manos y una llorera de camino a su habitación que supe aguantar durante los 2 minutos que le duró a mi padre que lo devoró mientras me decía que era el mejor regalo que le habían hecho en mucho tiempo. Hoy hace justo 14 años que fue tu cumple. Y nunca más lo volvió a ser.