Un cuento de pueblo

Había soñado muchas veces con volver a ese lugar. Era un campo inmenso repleto de girasoles que iban a merced del aire fresco. Nada más llegar recordé la voz de mi abuelo, que volaba rozando mis mejillas. Recordé también las sábanas blancas de jabón, inmensas, bailando al son de mi abuela, tan pequeñita. Y me recuerdo a mí, bici en mano y con las rodillas llenas de arañazos y costras. A partir de los cuarenta te acompaña esa sensación constante de cuerpo de vieja en cabeza de joven y al revés. Vas en busca, irremediablemente, de aquellos sitios en los que un día fuiste feliz, pensando en que allí encontrarás cobijo. Solución. Pero a veces el destino te tiene preparado esos momentos de inesperada honestidad contigo misma que, como en cualquier pesadilla, suelen comenzar por una interrupción total de las comunicaciones. Esto es lo que me pasó al llegar aquí. Sin móvil y sola, ya que había llegado hasta aquí, tenía que verte y contártelo. No podía irme por los cerros de Úbeda. Tu hermano se estaba muriendo. Mi padre se estaba muriendo. Y yo estaba allí porque me había prometido a mí misma que tenía que decírtelo. Y porque quería entender qué era lo que había detrás de aquella puta loca a la que no hacía falta mencionar más. Nazareno de Valbuenq es como todos los pueblos remotos de España. Casitas a medio derruir con maceteros imponentes repletos de flores preciosas en la entrada. Carreteras que son caminos. Una placita con un par de abuelos sentados en un banco agarrados a su bastón. El sonido de los grillos a cualquier hora del día. Y una peluquería cochambrosa que hacía al tiempo de estanco. Tu peluquería. En la que yo me disponía a entrar. Se desprendía un olor a crema hidratante barata. Era la misma que le impregnábamos a mi padre por su huesudo cuerpo. Estoy segura. Crema para alguien que se está desmigando por dentro. Como un pan seco. Habían pasado décadas . Era imposible que me reconocieras si la última vez que me viste, mi cara era la de una niña . Aún así entré en pánico cuando te vi. Tú estabas exactamente igual. Ojos grandes. Manos grandes. Sonrisa grande. Piel blanca y suave. Pechos enormes. Me preguntaste si solo era lavar y peinar y te respondí como responde alguien semi inconsciente. Es como si el cuerpo tratara de huir de mí dejándome como una mosca encerrándose en su ámbar . Y para cuando me quise dar cuenta, ya estabas poniéndome el champú y clavándome gustosamente las uñas por el cuero cabelludo.  Por un momento, con tu tono de voz pienso sólo en aquel día. Cuando aquello era sólo eso: La vida, la piel, la tierra. Todo lo importante. Y si pasa, importa. Y si importa, pasa. Pienso. Seguro que nada de esto es por casualidad. Bueno, lo mismo sí. Pero todo lo que resulta extraño nunca parece casual. Y aquí estoy, en la peluquería de mi Tía Herminia en Nazareno de Valbuena después de tantos años. Aterrorizada, aunque no se me note. Sin un plan b cuando empiezas a curiosear sobre quién soy y qué hago allí. Improviso. Creemos que nosotros somos complejos, enigmáticos y que estamos llenos de matices, pero juzgamos al resto de las personas como si fueran simples y pudiéramos conocerlas con apenas un rato de conversación. Te acabo contando que un tío abuelo vive en un pueblo cercano y que me quiero poner guapa solo para ir a darles una sorpresa. 10 de 10 a mi excusa. Aún no era el momento de decirte porqué estoy ahí. Me seca el pelo y me peina con un cariño de tía. No de peluquera. Aplasta sus pechos sobre mi cabeza un par de veces. Realmente siento el cobijo que creo que vine a buscar. Pero el olor a crema hidratante barata y a ácido, no me permite relajarme. Un paisano algo más mayor que yo y con boina entra a por una cajetilla de Marlboro. Se me queda mirando fijamente. Yo le miro también él. Creo que nos conocemos. Los recuerdos de mi niñez mezclan una visión épica de la vida con escenas cotidianas. Como cuando iba al campo a recoger setas con mi familia para después cocinarlas. Y flipaba pensando que me estaba comiendo la casa de algún gnomo.

Fuera está empezando a nevar. Desconfío de la paz de las líneas rectas. Desconfío de la pureza de la nieve. Dejar la puerta giratoria de tus pensamientos a un lado no es fácil. Ya no recuerdo lo que es pasar las horas habitándose a uno mismo. Está nevando muy fuerte. Me preguntas si pienso coger el coche. La verdad es que no. Llevo casi dos horas contigo y no he sido capaz de decirte aún quién soy. Ni de contarte que tu hermano se está muriendo. Que mi padre se está muriendo. Sigo sin entender porqué eres aquella puta loca a la que no hacía falta mencionar más. Me invitas a pasar la tormenta en tu casa. Digo que sí. La casa del tejado torcido. La del número 26. Inconfundible. Tus persianas de madera verdes. Tu mosquitera de colores. Todo parecía seguir ahí. La nieve sigue cayendo sin mesura. Voy a tener que pasar la noche aquí. Me ofreces cena. Me ofreces cobijo. Me ofreces silencio. Me ofreces conversación. No hay luz en las calles. Ni en las casas. Enciendes la chimenea. Desde donde estoy sentada se ve una salita de estar llena de detalles desordenados. Cajas de galletas repleta de bobinas y dedales. Un sofá viejo. Una mesa camilla con un mantel amarillento. Un cuadro de mi tío y sus caballos. Un calendario. Una estampita del Papá Juan Pablo II. Un reloj enorme un poco adelantado. Unas fotos de tu boda en blanco y negro como eran las fotos de boda de antes: semblantes serios castellanos entre el orgullo y el enfado, que más que celebrar una boda parece que estén en un entierro. Siempre me reí con mi padre de eso. Y velas. Muchas velas. El desorden en tu casa es hermoso, como lo es la hipnótica chimenea de esta noche. Llena de pequeños puntos de luz, que gritan arrítmicos lo mismo que gritamos todos. Siento que mi llama se apagando aquí adentro y creo que estoy gastando los mejores años de mi vida sintiéndome sola. Sin ser abrazada. Sin ser deseada. No puedo irme por los cerros de Úbeda. Cuando cenemos, se lo contaré. Prepara unas sopas de ajo. La casa debería oler a pimentón. Pero me sigue persiguiendo ese fuerte olor a crema hidratante barata. A ácido. Durante la cena, mi tía Herminia se disculpa por el desorden, por el polvo, por la suciedad. Dice que no está acostumbrada a que le visite gente y que antes tenía muchos gatos. También que estuvo casada. Y que tuvo que aprender a convivir desde muy joven con la muerte. Y que no le teme. Ni a eso ni a nada. Está tranquila. Creo que es feliz. No entiendo cómo mi tía Herminia puede ser aquella puta loca a la que no hacía falta mencionar más. Me da una manta. Me acompaña con su vela hasta mi cama. Me acuesta. Me arropa. Creí que me iba a besar en la frente. Pero al final no. Esa noche duermo como hacía años que no dormía. Me despiertan la primera luz de la mañana y el canto de los gallos del vecino. Abro mis ojos y allí están. Mis abuelos, mi tío y un montón de gatos rodeando la cama. Quiero gritar pero no grito. Lo que estoy viendo no es verdad. Están disecados. Duros. Tiesos. Rodeando mi cama. Quiero gritar y grito.  Mi tía Herminia abre la puerta y dice “Dile a tu padre que solo lo me interesa muerto”